Llevo
tres noches viniendo aquí, con las manos metidas en los bolsillos, pateando las
piedras y buscando refugio en las sombras, con su aroma embriagante saturando
mi olfato, mirando las sombras que danzan sobre la cortina, cabellos erizados
que palidecen al acercarse a esa ventana, siluetas sin miedo.
Con el gorro de la chamarra puesto, intentando así contrarrestar el frío viento que golpea mi nuca, camino parsimoniosamente en un vaivén incesante, respirando con dificultad, apretando los puños. Me la paso recordando, sintiendo la ausencia, sintiendo tristeza, sintiendo necesidad, necesidad de ella, de su aroma, de su piel.
Las sombras que danzan me hacen imaginarla con otro sumergidos los dos en el placer, embriagándose aquel con el roce de su piel, así como lo estuvo conmigo, me hace enojar, temblar de rabia y derramar una lágrima flagelando mi corazón con figuraciones etéreas titubeantes.
Entre el enojo y desesperación de mi caminar incesante, una roca atraviesa el frío viento de esta noche sin estrellas, la cual al chocar con el cristal quiebra mi sopor letárgico. Una sensación líquida recorre mi espalda, con el sabor amargo que seca mi boca, mientras mis rodillas tiemblan, como a punto de derrumbarse. Mis manos sudan al dar un par de pasos sigilosos hacia atrás por la incertidumbre que muestra el hecho de pensar en la figura que pronto asomará su rostro a mi encuentro.
Miro una mano titubeante correr las cortinas, al momento que el dulce destello de sus ojos asoma tímidamente una mirada a aquel ser, que parado a mitad de la calle tiembla de frío, consumiéndose por dentro por una ausencia, que no puede articular una palabra, que no aleja la mirada de aquella ventana, la cual ni con el estruendo del vidrio roto puede opacar el fuerte latido de aquel corazón enamorado, el hombre que lucha por dibujar en su rostro apagado una sonrisa, con los ojos inundados en lágrimas y que simplemente se pregunta si aquel hermoso ángel que lo mira desde la ventana quisiera batir sus alas, a su lado una vez más.